Ella, era pequeña y débil, las cosas no le iban demasiado bien y soñaba con que algún día le iría mejor. A él lo veía casi todos los días, cuando su padre todavía era el carnicero y él sentado atrás veía televisión. Ella había deseado hablarle, él era un poco mayor pero no demasiado. Ensayaba frente al espejo, pero la verdad era que a él no parecía impórtale mucho su presencia nunca. Quizás ni siquiera lo notaba.
Pero el carnicero murió, sólo tenía un hijo y su familia era muy poca. Se hizo el funeral y casi todos los vecinos acudieron, ella acudió también con su madre y dos hermanos, menores ambos. El hijo del carnicero ya no lloraba, todo el mundo lo abrazaba a él que estaba a lado de la tumba, ella lo abrazó también, quería decirle algo, pero no se atreve nunca.
Y pasó el tiempo, él ya está acostumbrado a usar esa bata y al olor de la sangre, ella le sonríe cada vez pero nunca dice nada. Quiere decirle algo, piensa y se imagina muchas cosas, quiero que todo eso pase. Y ahí va, por fin le va a hablar, dirá hola y después verá qué pasa, está a punto de escribir una maravillosa historia de amor.
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