Me gusta la ciudad en donde vivo, sobre todo de noche. Sus calles bien iluminadas me dejan ver lo que es el mundo; los coches son dueños de las calles con sus muchos caballos de fuerza y esos sonidos que sólo se escuchan pasadas las doce cuando los semáforos dejan de funcionar. Por las calles nadie va demasiado tranquilo a menos que vaya drogado o borracho, a mí ha tocado ver la ciudad en ambas condiciones y uno va tranquilo porque todo es bello, aunque luego uno despierta y no vuelve a ser lo mismo.
Le llamo desde el teléfono rojo con las últimas monedas que suenan en mi pantalón, quizá parece demasiado tarde, pero yo sé que ella está despierta, siempre lo está. Me contesta y saluda dos veces antes de que yo tenga el valor de decirle cualquier cosa, espero un momento más y le digo que la extraño, espero pacientemente a que una vez más me cuelgue, pero no pasa. Suena triste, me dice que ha estado pensando en mí y le creo, porque sé que no me olvida, porque sé que yo tampoco la olvidaré.
Platicamos como antes, me cuenta muchas cosas e incluso ríe discretamente cuando intento hacerla reír, llora un poco pero intenta que yo no me dé cuenta. Quizá todo pueda volver a ser igual algún día, tengo ganas de verla y hablarle viendo sus ojos, o escucharla viendo sus labios, pero tres monedas no alcanzan para hacer planes y el teléfono no es muy piadoso con el momento de acabar la llamada, no sé cuando volveré a llamarle o si ella volverá a contestarme sin colgar enseguida. Me gusta la ciudad en la que vivo, pero sin ella nunca será lo mismo.
sábado, 23 de agosto de 2008
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1 comentarios:
Quizá el tipo del cuento debería insistir quizá la chica si lo nesecita y lo que quiere es vivir una vida a su lado y quizá solo quizá el tipo deberia hablarle más seguido
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