domingo, 24 de agosto de 2008

Sin frío y sin tristeza.

El frío traspasa los guantes y me hace temblar el esqueleto, la noche fue demasiado buena, con buenas compañías y licor barato del que se consigue en cualquier autoservicio. Una cajetilla de cigarros nos hizo el favor de mantenernos calientes cuando despertamos, pero no duró mucho y el tiempo nos regresó a un rincón tapándonos con colchas viejas mientras el día iba avanzando con la esperanza de un poco más de calor para la tarde.

La tarde llegó pero el calor se quedó en casa, quizá también tenía frío porque cuando yo tengo frío no quiero salir de casa. La mayor parte del tiempo es así, pero ahora me veo obligado por las circunstancias, mi amigo extranjero se muere por una taza de café caliente y yo como buen anfitrión debería de tener en casa, de no ser así debo entonces aventurarme a la calle y conseguir un poco de café para mi compañero. Salgo a la calle después de enfundarme en un suéter muy viejo, como todo lo que hay en mi casa de un tiempo para acá, la calle me recibe con vientos violentos, tan es así que me lastima los ojos y me obliga a cerrarlos un poco para ver hacia delante.

Camino con un fuerte dolor en la pierna derecha, como si no pasara nada acelero un poco el paso esperando que mis músculos se calienten y se olviden del frío; no es así, al parecer son muy concientes de lo que esta pasando y responden tanto como pueden, y no pueden mucho. Después de un rato de andar en la calle pienso en que no tengo un objetivo real y me detengo un momento para reconsiderar la situación, aquí me veo con dos opciones, comprar café soluble y prepararlo en casa o buscar una buena cafetería y comprar dos vasos grandes para llevar; la segunda es mejor, me evita trabajo y cualquier disgusto que el calentamiento de un vaso de agua pueda darme.

La cafetería que encuentro se llama de la mejor manera en que yo la hubiera podido nombrar y es este nombre que lleva estampado sobre la puerta el que me seduce a pasar a buscar el café y el calor que necesito Entro y detrás del mostrador veo a una muchacha guapa que se esmera en sacarle brillo a unas tazas cuya época parece haber pasado hace mucho, me saluda sin prisa y sólo deja de verme cuando ya me he sentado, toma la carta de un recipiente y me la deja sobre la mesa, espera un momento y se vuelve a ir para entrar en la cocina de donde salía bossa nova.

Tarda demasiado en regresar y yo he pensado en irme unas seis veces durante los diecisiete minutos, se disculpa y se arregla un poco detrás del mostrador, me pregunta si he decidido ya, le digo que sí, me da mis dos vasos de café grande, pago, me voy no sin antes ver una vez más el titulo que me había seducido, el titulo que era igual al nombre de aquella mujer que me había seducido once años antes, es pensar en ella lo que me hace verificar que todavía tengo su numero registrado en mi memoria, me siento tentado a llamar pero el miedo es más grande, el frío suficiente, apuro a casa.

Estoy en el portón de la casa, faltan sólo unos momentos para que tome las llaves de mi bolsillo izquierdo y habrá la reja metálica para luego abrir la puerta y repartir café; pudo haber sido así pero a mis oídos llegó el sonido del saxofón más triste que alguien puede escuchar, el sonido llega de una casa vecina, de la planta alta y sale por una ventana completamente abierta, dentro revolotean las cortinas. Es allá a lo lejos donde veo una figura femenina, una sombra, en realidad la figura es un poco más abstracta pues el saxofón se proyecta también sobre la pared del fondo de la estancia.

Me atropella un deseo de hablar y tocar la puerta. Me siento en el porche de esa casa vecina y me tomo mi taza de café hasta que dejo de escuchar el sonido, luego de dejar de escuchar la música, ella se asoma a la ventana y me sonríe, le sonrío y desaparece. Después de desaparecer de la ventana aparece en la puerta y sonríe de nuevo, sonrío de nuevo, y no puedo hacer nada más que regalarle el vaso de café que aún está caliente a lado mío, se sienta donde antes estaba el café y me empieza a contar una historia, es una historia muy triste y tiene que ver con la canción que estaba tocando, ya no tengo frío, ahora sólo quiero quedarme con ella y quitarle esa tristeza. Subimos a su cuarto y toca para mí esa canción triste, hablamos mucho y después de doce horas que me parecieron sólo un momento me doy cuenta de lo inevitable, ella me ha quitado el frío, yo le he quitado la tristeza, y mientras toca alegremente un jazz yo pienso que ya no sé que hacer.

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