lunes, 12 de octubre de 2009

Asiento de seguridad para niños menores de 6 años.

El amigo se alejaba despacio, no sabía bien que estaba pasando pero presentía que los otros dos no saldrían del coche. La tarde era de mayo y pronto sería de noche, por delante árboles y detrás la carretera vacía solamente iluminada por las llamas que consumen la camioneta, no sabe hacia donde va pero no planea detenerse. Cuando por fin deja atrás la carretera rueda sobre la arena hasta terminar estrellado sobre una roca que detiene su caída, las heridas que le hiciera el cristal ahora están cubiertas de arena y siente que toda su piel le quema, se sienta sobre la roca, la sangre se confunde con la arena y el no recuerda como llego a ese sitio. Lo último que había en su mente era esa canción que los tres cantaban mientras bebían cervezas, él al lado del conductor se reía y sabía que iban demasiado rápido pero pensaba también que nada podía detenerlos, era el menor de ellos y el único que no había conducido, llevaban ya la mitad del trayecto y los apuraban las inmensas ganas de llegar a su destino.

El conductor despertó con el calor que salía del motor, intentó levantar la cabeza y sólo pudo ver el espacio en el cristal que indicaba que su copiloto había salido por ahí, el volante le presionaba el pecho y el techo le aplastaba la cabeza, no tardó mucho en darse cuenta de que la camioneta estaba al revés, hubiera querido salir de ahí pero estaba atrapado, intentó hablar pero los sonidos que salían de su boca no significaban nada, su lengua ya no estaba en su boca y sentía la sangre que no podía subir por su garganta. Escupió y empezó a gritar, cuando por fin logró mirar hacía atrás me vio tirado sobre el techo de la camioneta, destrozado, cada vez había más calor sobre la camioneta y él sabía que sería cocinado sino se liberaba, gritaba a su amigo pero este no podía responder, vio hacía arriba y vio la otra cosa, fija al asiento, con su contenido intacto. Volvió la vista al frente sólo para ver la explosión del motor y sólo pudo gritar.

Desperté mientras estaba en el piso, sin sentir la mitad de mi cuerpo, pensaba mucho en ti, en que habías pasado toda tu vida a mi lado, y que era muy posible que no me volvieras a ver. La explosión había vuelto la camioneta a su posición original, la sacudida me había despertado y sólo escuchó el último grito de mi amigo que conducía, trate de buscar al otro y no lo vi, me concentré en desatarte de tu asiento, tú no llorabas ya, la explosión te había asustado mucho y nunca volví a escuchar tu voz, intenté abrir la puerta que daba a la carretera y no cedió, fue una tortura voltear al otro lado pero tuvo resultados, mientras salíamos yo te examinaba buscándote alguna herida, pero tu asiento era tan bueno como prometía, me alegraba mucho en ese momento de haberlo comprobado pero sospechaba que no tardaríamos mucho en oír otra explosión. Me dio mucho gusto poder besarte antes de que te alejaras corriendo, y lamento mucho haberte gritado, sé que nunca lo había hecho antes pero realmente quería que te fueras, te metiste al bosque y yo confiaba en que saldrías bien y encontrarías algo al otro lado. Yo no pude moverme ni un poco más.

Y ahí estaba el niño, parado a la orilla de la otra carretera, del otro lado del bosque, no sabía si alguien iba a detenerse ni sabía que decir, pero no tardó mucho en que alguien lo viera, aunque en realidad fue la gran explosión lo que los hizo voltear, el niño se tapó los oídos asustado y se sentó en el piso, todo el mundo alrededor de él gritando y corriendo, mucha gente cruzó el bosque para ver que había pasado al otro lado, el niño no le contestaba a nadie, en realidad lo único que hubiera deseado era seguir cantando con su papá y sus dos mejores amigos.

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